miércoles, 17 de agosto de 2016

LA CONQUISTA ESPAÑOLA DE CENTROAMÉRICA
Wendy Kramer, W. George Lovell y Christopher H. Lutz
La conquista española de Centroamérica, que se inició en 1502 a través del contacto de Cristóbal Colón con los indígenas de Honduras, en realidad, nunca concluyó totalmente durante los tres siglos de do­minación colonial. El primer enlace español-indígena se realizó en la costa atlántica de Centroamérica pero por razones del clima, el tipo de suelos, de la topografía y de los asentamientos de la población in­dígena, los conquistadores, que llegaron veinte años después, se vieron más atraídos por la vertiente del Pacífico. Pese a que se establecieron algunos puertos y asentamientos en la costa atlántica —claves en la historia económica de la región—, en general ésta permaneció como una zona fronteriza e ignorada, ocupada más tarde, buena parte de la misma, por ingleses y africanos que se mezclaron con las poblaciones locales. Con raras excepciones, la conquista y colonización de Centro­américa fue un fenómeno que tuvo su mayor impacto y éxito en la vertiente del Pacífico, región donde los invasores encontraron mayor concentración de población autóctona, y también climas, tierras y otros recursos naturales favorables.
Desde la perspectiva española, y de la historia oficial predominante hasta hoy, el llamado descubrimiento de Centroamérica con su con­quista y colonización, es un episodio histórico en que se resaltan las batallas y las hazañas de los conquistadores, seguido por la fundación de ciudades y la formación de una nueva sociedad portadora de civili­zación. Son notables los logros de varias personalidades de la conquis­ta española, como Pedro de Alvarado y Pedrarias Dávila, entre otros. Pero a lo largo de casi medio milenio, desde que Colón y Alvarado llegaron por primera vez a la región, pocos, como fray Bartolomé de las Casas, se preocuparon por las fuerzas destructivas desencadenadas con el arribo de los europeos.
En Centroamérica se presta más atención al impacto de la Conquis­ta sobre la población indígena que a las hazañas de los conquistadores.


Especial interés merece, entonces, el análisis del sistema de encomiendas; o sea de las donaciones de pueblos o grupos indígenas para el uso de conquistadores y otros pobladores españoles, así como el impacto destructivo de la esclavitud con las formas de resistencia indígena y, el factor que tal vez más influyó en su exterminio, la introducción de enfermedades del Viejo Mundo a la región.
La historia centroamericana de las primeras décadas después de 1522 es como un rompecabezas, del que contamos, hasta el momento, apenas con un pequeño número de piezas correctamente colocadas. Se cuenta con otras pocas, pero no sabemos dónde situarlas y hay muchas más, con certeza la mayor parte, que con el tiempo se han perdido o nunca fueron encontradas. En consecuencia, el panorama es parcial y bastante limitado. Aun con las recientes investigaciones sobre las demás provincias de la Audiencia de Guatemala, los datos y los análisis más completos siguen concentrados en la provincia de Guatemala. Aquí presentaremos ejemplos y casos de estudio de otras regiones del istmo, especialmente de Costa Rica, que cuenta con abundantes investigaciones sobre su conquista tardía, iniciada en las décadas de 1560 y 1570.

Como puente que conecta dos enormes continentes en sus extremos, el istmo ha servido desde el asentamiento del hombre americano como punto de comunicación, recibiendo influencias culturales tanto del norte como del sur. Así, resultó también con la conquista española. Entre el primer contacto europeo de 1502 y la conquista definitiva en la década de 1520, las principales confrontaciones entre indígenas y españoles se dieron en las islas de la bahía y en la costa hondureña. Después, con la despoblación creciente de las Antillas, los españoles buscaron otros pueblos que pudieran esclavizar para la explotación de oro y trabajos en la Española; alrededor de 1520 la situación llegó a tal extremo que las islas de la bahía se encontraban completamente deshabitados.
Al iniciarse verdaderamente la Conquista, ésta provino tanto del norte como del sur. En 1523, desde México central, Hernán Cortés envió a su capitán Pedro de Alvarado con un ejército español-mexicano, y posteriormente le siguieron otras incursiones conquistadoras, incluyendo la del propio Cortés. Aun antes que Alvarado, desde Panamá, fuerzas expedicionarias españolas habían incursionado en la parte sur-oriental, como sucedió con Gil González de Ávila, quien llegó a Costa Rica en 1522. La tercera ruta de la Conquista se inició desde México y las Antillas hacia la costa atlántica de Honduras; pero la primera y segunda expedición fueron decisivas en el sometimiento de la población del istmo.

La conquista desde Panamá (Nicaragua)
En realidad la primera expedición exploradora se realizó en 1516 bajo el mando de Juan de Castañeda y Hernán Ponce de León, quienes primero navegaron hacia el oeste, por el Pacífico de Panamá, hasta el Golfo de Nicoya. En esa última región capturaron tres o cuatro indios con el propósito de utilizarlos como guías-intérpretes. La expedición Castañeda-Ponce de León, consistía sólo en cuarenta hombres y encontró gran resistencia indígena, lo que motivó el regreso de los españoles a Panamá, sin poder realizar la conquista.
Durante la expedición Castañeda-Ponce de León, el piloto Andrés Niño se encontraba en España tratando de obtener apoyo real para adquirir los barcos del descubridor del mar del sur, Núñez de Balboa —en esa fecha ya muerto—, y permiso para conquistar y explotar la región al oeste de Panamá. En España, Niño conoció a Gil González de Ávila, persona de influencia en la Corte, y ambos suscribieron un contrato con la Corona, obteniendo financiamiento para explorar la costa del Pacífico, mil leguas al oeste de Panamá. Con la disminución de la población y del flujo de oro en las Antillas, la Corona, Niño y Gil González buscaban nuevas fuentes de riqueza.
La expedición salió de España en 1518 con cincuenta y un hombres bajo el mando de Gil González, en ruta hacia Panamá. Pero al llegar comenzaron los problemas, principalmente con Pedrarias Dávila (Pedro Arias de Ávila), gobernador de Castilla de Oro, quien puso muchos obstáculos. Después de varias dificultades, incluyendo el no conseguir los prometidos barcos de Balboa, Gil González logró fabricar nuevas embarcaciones y se hizo a la mar a principios de 1522 rumbo al oeste, por la costa del Pacífico. Los tropiezos continuaron. Los barcos recién construidos no soportaron el viaje y, todavía frente a la costa panameña, Gil González y la mayor parte de su expedición tuvieron que desembarcar. Con cien españoles y unos cuatrocientos indios auxiliares (más los guías indios de Nicoya de la expedición de 1516) entraron en Costa Rica por tierra, reconociendo la costa del Pacífico hasta llegar al Golfo de Nicoya.
Como solía pasar con muchas expediciones de reconocimiento y conquista, los indígenas informaron a los invasores de ricas y bellas tierras más allá de las suyas. En Nicoya, los indígenas comunicaron la existencia de un pueblo importante, de grandes lagos y asiento de un cacique indígena poderoso: Nicarao. ¿Los indígenas de Nicoya tenían en mente distraer a los intrusos, hablándoles de cosas impresionantes?; ¿exagerando la belleza y riqueza de otros lugares esperaban alejarlos? ¿Acaso todavía tenían la esperanza de que se les dejaría en paz? Ésta fue, tal vez, la primera forma de resistencia indígena a la invasión española (Figura 1.1).
Mientras Gil González entraba en Nicaragua por tierra, buscando lo que le habían informado en Nicoya, Niño se embarcó hacia el oeste a lo largo de la costa nicaragüense, hasta encontrar el golfo de Fonseca —nombrado así en honor de Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y real ministro de las Indias—, donde más tarde se unirían las provincias de Nicaragua, Honduras y El Salvador. La noticia más importante para los españoles —y la más dañina para la supervivencia de los indios nicaraos— fue que Gil González logró obtener una considerable cantidad de oro equivalente a 112.524 pesos. Como la inversión inicial de los socios en España fue de sólo 8.324 pesos, no cabe duda de que las noticias de esta exitosa expedición llamaron la atención a mucha gente, deseosa de enriquecerse lo más rápido posible.
Cuando Gil González intentó penetrar hacia el noroeste, encontró la primera resistencia indígena bajo el mando del cacique Diriangen, decidiéndose a volver al Golfo de Nicoya con su oro y las tropas intactas. Aquí vale la pena citar las conclusiones del historiador costarricense Juan Carlos Solórzano sobre el oro, y las percepciones tan distintas de su valor, entre el grupo español y el cacique indígena Nicarao:
Es probable que el oro recaudado en esta empresa correspondiera a la mayor parte del metal precioso atesorado por indígenas durante el transcurso de muchos años, ya fuese por medio del comercio con otras poblaciones indígenas o bien mediante su explotación en áreas cercanas. Al año siguiente, cuando Hernández de Córdoba conquistó e inició la colonización española de Nicaragua, recaudó solamente 35.724 pesos, suma bastante inferior a las ganancias de Gil González. En la expedición de este último, una anécdota pone de manifiesto el encuentro de dos mundos diferentes: observando el cacique Nicarao o Nicaragua el deseo nunca satisfecho de los españoles por obtener oro, pregunta al capitán que para qué necesitan tanto oro tan pocos hombres. La inexistencia de una economía monetaria hace inexplicable para los indígenas el concebir que el oro pueda tener otro fin que el del ornato. Para los españoles, por el contrarío, el valor de los objetos de oro es su función como valor de cambio. De allí que los objetos de ornato, preciosos trabajos de artesanía metalúrgica, terminaron rápidamente en el crisol, fundidos y transformados en prácticas barras de oro.

Si los indios de Nicoya y Nicaragua pensaron que podían salvaguardar su existencia y tranquilidad al referirse a tierras más ricas que las



suyas y con la entrega de oro, lo cierto es que se equivocaron. Estos acontecimientos, con el bautizo de más 9.000 indígenas en Nicaragua y otros 6.000 en Nicoya en 1522, sólo despertaron las ambiciones de Gil González y otros españoles, incluyendo a Pedrarias Dávila.
La expedición de Gil González y Andrés Niño, cargada de oro, regresó a Panamá el 25 de junio de 1523. Cuando Pedrarias Dávila tuvo noticia de ello, intentó capturar a Gil González, pero éste escapó rumbo a Santo Domingo, donde había servido como contador real. Allí trató de organizar y financiar otra expedición a Nicaragua. Mientras tanto, Pedradas Dávila organizó otra para establecer su propia demanda sobre la región, expedición que estuvo bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, quien salió de Panamá a fines de 1523 con destino al Golfo de Nicoya.
A diferencia de las expediciones anteriores, que eran motivadas por razones de reconocimiento, la búsqueda de oro y, por último, «la salvación de las almas», la de Hernández de Córdoba fue la primera que intentó establecer asentamientos españoles, cambio que indica que los invasores llegaban para permanecer en el nuevo territorio. Al llegar a Nicoya, Hernández de Córdoba fundó Villa Bruselas en la franja oriental del golfo, en un punto «a escasas leguas de yacimientos auríferos situados en las faldas de las minas de Abangares». Antes de continuar su viaje hacia Nicaragua, dejó a su lugarteniente Andrés Garabito al mando de la pequeña guarnición. Desde Villa Bruselas, Garabito hizo una entrada al territorio huétar, «cerca del río Turrubares en la región del Pacífico central de Costa Rica». La incursión de Garabito fue la única en aquella zona hasta los años 1560. Durante las cuatro décadas intermedias, los españoles ignoraron Costa Rica, dedicando sus esfuerzos a las zonas centroamericanas de mayores concentraciones de población y recursos naturales, especialmente en metales preciosos. Debido a esto, el interés se centró en Nicaragua. Este respiro permitió que la región del Pacífico costarricense no sufriera los efectos de las primeras oleadas de la invasión europea, con su caudal de esclavitud y muerte.
Al igual que Gil González, Hernández de Córdoba marchó con su ejército hacia tierra nicaragüense. Pero, a diferencia de su predecesor, siguió fundando asentamientos españoles: Granada en las orillas del lago de Nicaragua y León cerca del lago de Managua (antes Xolotlán), asegurando así una presencia permanente en Nicaragua. El ejército de Hernández de Córdoba no fue recibido en forma pacífica, y los invasores consideraron necesario construir fortificaciones en los asentamientos de Granada y de León. Compuesta de población sedentaria, la conquista de Nicaragua, en la región del Pacífico, fue «relativamente fácil», sobre todo en comparación con los frustrados intentos por conquistar el oriente y el altiplano central de Nicaragua, donde a partir de la década de 1520 los indios «continuamente atacaban los centros mineros, primero, de Santa María de Buena Esperanza y, más tarde, los de Nueva Segovia» (Figura 1.2).
Al establecer asentamientos urbanos españoles (algunos permanentes, otros trasladados o abandonados) con sus cabildos, para administrar sus respectivas comarcas en Nicaragua y Nicoya, Hernández de Córdoba efectuó los primeros repartimientos de encomiendas de indios entre líderes y soldados de su ejército. Simultáneamente, los españoles comenzaron a explotar oro y a esclavizar grandes cantidades de indígenas, que fueron exportados a otras regiones, por millares. Estas actividades tuvieron rápidamente consecuencias graves para la población indígena.

1.2.    BAILE DE INDÍGENAS NICARAGÜENSES SEGÚN DIEGO GUTIÉRREZ, 1545.
                          

Honduras
La conquista de Centroamérica es un episodio confuso y complicado debido a la cantidad de invasiones por diversos puntos, donde destaca principalmente el caso de Honduras. En este territorio confluyeron y lucharon entre sí conquistadores procedentes de Nicaragua, México, Guatemala y Santo Domingo. Por la costa del Pacífico, se recordará que Andrés Niño llegó al Golfo de Fonseca en 1522. Gil González, quien se refugió en Santo Domingo para escapar de Pedrarias Dávila, organizó desde allí otra expedición de conquista y arribó a principios de 1524 a la costa norte de Honduras, en un intento por apoderarse de Nicaragua.
Otros españoles arribaron en el mismo año, tanto para dominar el territorio como para buscar una ruta fluvial entre el Atlántico y el Pacífico. Así, desde México, Hernán Cortés envió a su capitán Cristóbal de Olid; pero éste, ambicioso, decidió tomar Honduras para sí mismo. Enterado de la actitud de Olid, pensando proteger sus intereses, Cortés manda en seguida a otro capitán, a Francisco de las Casas y, en 1525, Cortés mismo llega por tierra a Honduras. En la búsqueda de una salida al Caribe, desde Nicaragua, Hernández de Córdoba envía a Hernando de Soto «a explorar en dirección noroeste, la ruta natural más apta hacia el Caribe». Pero en la región de Olancho, en Honduras, se enfrentaron a las fuerzas de Gil González y luego se retiraron: Hernando de Soto hacia Nicaragua y Gil González en dirección al Golfo de Honduras. La lucha por el control de Honduras continuó mientras tanto entre las fuerzas opuestas enviadas por Cortés y las de Gil González.
Con la llegada de Cortés, con ciento cuarenta españoles y tres mil aliados mexicanos, a Honduras, después de una larga y durísima marcha desde el Golfo de México, la caótica situación entre los grupos rivales comenzó a calmarse. Cortés enfermó de una fiebre tropical e, inseguro de su posición en México, debido a su larga ausencia, se hace a la mar hacia la Nueva España, después de nombrar a un fiel pariente, Hernando de Saavedra (o Quesada Saavedra) como su lugarteniente en Honduras.
La conquista de Honduras, aplazada por los conflictos entre los grupos conquistadores, comenzó a concretarse, bajo Quesada Saavedra, después de la intervención de Cortés, en 1530. Cabe destacar la participación especialmente brutal de Pedro de Alvarado y sus auxiliares mayas guatemaltecos en la región occidental. Francisco de Montejo continuó la conquista hacia finales de la década, con campañas más exitosas en esa región arrasada por Alvarado, así como en la parte central. En el siglo XVI, como en el resto del período de dominación colonial, los españoles nunca lograron conquistar la parte oriental de la provincia.
Simultáneamente con la Conquista se fundaron pequeños e inestables asentamientos urbanos y se repartió en encomienda a los relativamente pocos indios sobrevivientes. Entre las repetidas e inconclusas campañas de conquista, los españoles esclavizaron a grandes cantidades de indios, a quienes explotaron en las minas y exportaron a otros lugares. Esta política inmoderada, y los conflictos fronterizos entre los gobernantes españoles de Honduras y Nicaragua, trajo como resultado una serie de rebeliones indígenas, desde el inicio de la Conquista hasta 1546.

La conquista desde México (Guatemala)
La conquista de Guatemala y El Salvador, en contraste con la región suroriental centroamericana, no presenta confusión ni involucra tal cantidad de actores; fue relativamente rápida, aunque sí hubo resistencia en la zona cakchiquel hasta 1530.
El contacto de Cortés con los cakchiqueles y los quichés se inició poco después de la derrota de los aztecas. El conquistador había tenido noticias de las ricas tierras más allá de las fronteras bajo control azteca y quiso extender su dominio. Casi simultáneamente, hacia 1522, después de saber de la caída de los aztecas, los dos grupos mayas, en un esfuerzo por retardar o evitar los acontecimientos, mandaron representantes ante Cortés declarando ser favorables al rey español. Los delegados fueron bien recibidos por Cortés, y luego regresaron a Guatemala con regalos para sus líderes.
A pesar de esas negociaciones, en una carta al Rey, Cortés informó que los indígenas de Guatemala hostigaban a sus aliados indios de Soconusco. Los cakchiqueles negaron esto, descargando la culpa en otros. Sin embargo, molesto por estos informes, y decidido a expandir su dominio hacia el sur, Cortés envió, por tierra a Guatemala, a su capitán Pedro de Alvarado, vía la costa del Pacífico. Al mismo tiempo, mandó a Cristóbal de Olid, por ruta marítima, a la región de Honduras; éste como se recordará, lo traicionó. Alvarado no fue desleal, pero era un personaje problemático por su desmedida ambición y pasión por la conquista de tierras desconocidas.
Antes de iniciar la conquista de Guatemala, Pedro de Alvarado estuvo en Soconusco, donde tuvo comunicación con mensajeros cakchiqueles que llegaron con «proposiciones de paz». La respuesta de Alvarado fue una propuesta de alianza con el rey cakchiquel Belehé Qat, quien la aceptó y envió cinco mil esclavos a Soconusco, cargados con «riquezas de la tierra», por valor de 20.000 pesos. Desconocemos los motivos cakchiqueles para enviar esta impresionante cantidad de regalos. ¿Acaso se trataba de una especie de soborno o tributo para que los intrusos los dejaran en paz, sin trastornar su mundo? ¿O es que los líderes cakchiqueles buscaban un aliado poderoso en su continua lucha contra sus enemigos quichés? Tal vez nunca sepamos la verdad, pero es necesario tomar en cuenta estas y otras hipótesis. Pero sí es seguro que Alvarado tuvo más interés en Guatemala después de recibir dicho botín. Impresionado por las «muestras de buena voluntad y opulencia» cakchiquel, Alvarado regresó a México, a preparar su ejército para la invasión de Guatemala.
Alvarado y un ejército de ciento veinte soldados de caballería, trescientos de infantería, donde se incluían ciento treinta ballesteros y arcabuceros, varios cientos de aliados mexicanos de Cholula y Tlaxcala
y cuatro piezas de artillería, bastante pólvora y balas, salieron de México el 6 de diciembre de 1523. Entre los españoles venían tres hermanos de Alvarado: Jorge, Gonzalo y Gómez de Alvarado, sus primos Hernando y Diego de Alvarado y su brazo derecho, don Pedro Portocarrero. Este círculo de hombres de confianza, especialmente Jorge de Alvarado, desempeñaría un papel importante en las primeras dos décadas inestables del dominio español en Guatemala.
La conquista de Guatemala se inició con la entrada de Pedro de Alvarado y su ejército español-mexicano en territorio guatemalteco, en febrero de 1524. Llevaba órdenes de verificar las noticias sobre la existencia de: «muchas y muy ricas y extrañas tierras y de muchas y muy diferentes gentes». A su paso por la costa del Pacífico no encontró casi ninguna resistencia. Después de subir con dificultad la empinada cuesta cerca de Santa María de Jesús, «tan agro que apenas podíamos subir los caballos», las fuerzas españolas entraron finalmente al altiplano de Guatemala donde encontraron una oposición tenaz. El enfrentamiento más decisivo tuvo lugar a principios de 1524, cuando los invasores tuvieron que lidiar con los guerreros de la nación Quiche, en la llanura donde está situada actualmente la ciudad de Quezaltenango (Xelaju).
Los quichés, inútilmente, habían intentado forjar una alianza con los cakchiqueles y los zutujiles para presentar una oposición unida a los españoles. La negativa de los dos antiguos enemigos significó que tuvieran que enfrentar a los invasores con un ejército formado sólo por su propia gente. A pesar del rechazo de la alianza, los quichés tenían una ventaja numérica considerable, pero la combinación de tácticas astutas y un aparato militar superior dio una victoria tajante a los españoles. El impacto físico y psicológico que tuvo la caballería, en un pueblo que nunca había visto en acción un caballo y su jinete, fue tan arrollador como la superioridad del acero y las armas de fuego contra el arco y la flecha. Después de una larga y sangrienta batalla, en la que se dice que el propio Alvarado mató al príncipe quiche Tecún Umán en un combate cuerpo a cuerpo, los quichés se rindieron (Figura 1.3).
Los quichés, luego de deponer las armas, invitaron a los españoles a su capital, Gumarcah, supuestamente para discutir los términos de la rendición. En Gumarcah, llamada Utatlán por los indígenas mexicanos y conquistadores, los quichés hicieron un último y desesperado esfuerzo por evitar la derrota. Se maquinó una conspiración, en la que los españoles serían atraídos a los confines de la capital. Una vez ahí, se destruiría la calzada artificial que formaba la principal vía de acceso a la ciudad, atrapando así a Alvarado, a sus soldados y a los tan temidos caballos. Después se quemaría la ciudad con el enemigo adentro-. Al entrar en Utatlán, la cual según Alvarado «más parece casa de ladrones que no de pobladores», los españoles presintieron una conspiración y retrocedieron rápidamente hacia un lugar seguro. Las sospechas del complot quedaron confirmadas cuando los guerreros indígenas que se habían quedado afuera reanudaron las hostilidades. Alvarado ordenó a sus soldados que no tuvieran piedad para con los quichés. El conquistador relata el acto de venganza que tomó: «Determiné de quemar a los señores, los cuales dijeron al tiempo que los quería quemar, como perecerán por sus confesiones, que ellos eran los que me habían mandado dar la guerra y los que la hacían».
La ciudad y sus gobernantes corrieron la misma suerte. En un estado de confusión total, la nación quiche se derrumbó. Se había cumplido, con una brutalidad legendaria, la primera fase de la conquista española. En ese momento, Alvarado dirigió su atención hacia los cakchiqueles.

1.3.    BATALLA DE QUEZALTENANGO, LIENZO DE TLAXCALA.


Pidiéndoles que vinieran para prestar ayuda a los españoles en contra de los quichés. Anteriormente los cakchiqueles habían jurado lealtad a Cortés, así, el astuto Alvarado tuvo doble motivo para llamarlos: conocer su verdadera intención hacia él y «para atemorizar la tierra». Ambas tácticas ya habían sido utilizadas en la conquista de México, con resultados favorables para los españoles. En esta ocasión los cakchiqueles, enemigos ancestrales de los quichés, respondieron con prontitud a la convocatoria de Alvarado y enviaron dos mil guerreros —Alvarado relata que enviaron cuatro mil— para ayudar a los españoles en el sometimiento del territorio quiche.
En los alrededores de Utatlán el pueblo quiche permanecía en armas, pero en una semana el ejército reforzado de Alvarado venció a los quichés, matando y esclavizando indiscriminadamente. A las autoridades sobrevivientes que prometieron obedecer y pagar el tributo, se les perdonó la vida y se les permitió regresar a sus tierras y casas en las afueras de Utatlán; Alvarado, además, nombró como gobernantes a dos hijos de los señores inmolados en el enfrentamiento. Una fuente documental quiche relata la caída de Utatlán:
En la Cuaresma el capitán Tonatiu vino a hacer la guerra aquí al i Quiche. El pueblo fue quemado, se apoderaron del reino y del tributo. Ya no vinieron los pueblos a pagar tributo a nuestros abuelos y padres al Quiche.

En los primeros días de abril de 1524, Alvarado partió de la región quiche hacia Iximché, la capital de sus aliados cakchiqueles, a donde llegó el 12 del mismo mes. Según Alvarado, él y su gente fueron recibidos con cortesía por los reyes cakchiqueles, pero los autores del Memorial de Solóla observaron: «De verdad infundían miedo cuando llegaron. Sus caras eran extrañas. Los Señores los tomaron por dioses». Un día después de su arribo a Iximché, Alvarado tuvo una reunión con sus aliados. «Luego preguntó Tunatiuh a los reyes qué enemigos tenían. Los reyes contestaron: —Dos son nuestros enemigos ¡oh Dios! los zu-tujiles y [los de] Panatacat». Los primeros con su capital, cerca de lo que es hoy Santiago Atitlán, en la orilla meridional del lago de Atitlán; los segundos, los pipiles, de Izquintepec o Escuintla en la actualidad.
Alvarado tenía buenos motivos para querer la conquista de los zutujiles; cuando mandó mensajeros desde Utatlán, solicitando ayuda de los cakchiqueles y zutujiles, los primeros respondieron con el envío de dos mil guerreros, mientras que los segundos mataron a los mensajeros. Los cronistas cakchiqueles informan que Alvarado partió de Iximché, con un ejército compuesto de caballería e infantería española, junto con un grupo numeroso de guerreros cakchiqueles; con una rapidez casi mítica: «El día 7 Camey [18 de abril de 1524] fueron destruidos los zutujiles por Tunatiuh». Según Alvarado, los zutujiles se rindieron después de un breve enfrentamiento. El conquistador los describió como un pueblo pacífico; después de su conquista, los castellanos regresaron a Iximché.
Durante su estancia en Iximché, Alvarado fue visitado, a finales de abril, por señores de las provincias de la costa del Pacífico. Vinieron con ofertas de paz y quejas de que los de Izquintepec (Panatacat) y otros señores les habían bloqueado el camino, cuando se dirigían al encuentro con los castellanos. Como respuesta, y con el pretexto que eran enemigos declarados de los señores de Iximché, Alvarado salió el 1 de mayo de 1524 hacia la costa sur, con caballería e infantería española, reforzada por los aliados indígenas. Antes de llegar a Izquintepec, viajaron durante tres días por tierra «despoblada» o abandonada. Después de un ataque inesperado de las fuerzas de Alvarado, los pipiles resistieron por un tiempo y causaron algunas bajas a los agresores; retirándose prudentemente hacia el bosque tropical cercano. Frustrados por la lluvia y el denso bosque, los españoles se contentaron con quemar las casas del pueblo y apresar a algunas mujeres que no habían logrado escapar. Alvarado mandó varios mensajeros para conminar a los que huyeron a que se rindieran, para evitar una mayor destrucción de su tierra. Los izquintepecos capitularon y aceptaron ser vasallos del rey español. Durante unos días de descanso en Izquintepec, Alvarado recibió a representantes de otros pueblos y provincias, quienes llegaron  para manifestar sus intenciones pacíficas.
En un período de dos meses Alvarado y sus soldados dominaban ya [tres de las regiones mayas más importantes: la del quiche, la cakchi-quel y la zutujil, además de los pipiles de Izquintepec y algunos de sus vecinos de la costa del Pacífico, hacia la actual frontera con El Salvador. Pero sería engañoso concluir, por lo dicho, que la conquista de Guatemala fue fácil y rápida. Aun después de estas campañas relámpago quedaron muchos territorios y pueblos por conquistar, especialmente en las regiones periféricas hacia el oriente de Guatemala.
Un caso ilustrativo sobre el carácter tardío de la Conquista y dimensión de la resistencia indígena fue la campaña militar castellana en la sierra de los Cuchumatanes. Brevemente, según el cronista criollo Fuentes y Guzmán, entre 1525 y 1530 los españoles organizaron, en la sierra de los Cuchumatanes, tres campañas dirigidas principalmente contra los mames de Malacatán y Zaculeu, los ixiles de Nebaj y Chajul »el pueblo quiche de Uspantán. Estas operaciones generaron por lo menos siete batallas importantes, además de otras contiendas. Durante un enfrentamiento, entre los españoles y uspantecos, en 1529, los invasores sufrieron una tremenda derrota. Sólo después de una resistencia prolongada, los indígenas de la sierra de los Cuchumatanes se sometieron al dominio de los españoles.
Mientras aún se libraba la lucha maya-española en los Cuchumatanes, los cakchiqueles se rebelaron contra los invasores, por el tratamiento brutal de que eran objeto.

El Salvador
La conquista de El Salvador en su inicio es una fase, o mejor dicho, un episodio de la de Guatemala. Al salir de Izquintepec, rumbo al sureste, en dirección a la costa del Pacífico, Alvarado llevó a cabo una campaña de tierra arrasada, quemando pueblos y esclavizando a la población. Entre los españoles y sus aliados indios, que formaban la gran mayoría de su fuerza armada, el ejército de Alvarado contaba con unos seis mil hombres en dicha campaña (Figura 1.4). Es posible que muchas poblaciones huyeran al recibir noticias de su llegada, tanto por temor, como para evitar ser forzadas a proporcionar alimentos a los invasores.
Cerca de Acajutla, Alvarado y su ejército se enfrentaron con guerreros protegidos con armaduras hechas de algodón. Para aprovechar la mayor movilidad de su caballería en llano abierto, Alvarado fingió una retirada para que los guerreros pipiles lo persiguieran y no pudieran buscar la protección del bosque. La treta resultó exitosa, los guerreros indígenas, con su incómoda y pesada armadura, sufrieron una desastrosa derrota. Pese a ello, los españoles sufrieron muchas bajas, incluyendo al mismo Alvarado, quien fue herido seriamente en una pierna.
Los españoles permanecieron cinco días en Acajutla para recuperarse de las heridas, antes de dirigirse hacia el noreste, al pueblo de Tacuzcalco. Al igual que en Acajutla, los guerreros de este pueblo presentaron resistencia a los invasores. La batalla, que fue dirigida en esta ocasión por los hermanos del herido Pedro de Alvarado, fue también un desastre para los de Tacuzcalco (Figura 1.5). En seguida, el ejército español llegó al pueblo de Miaguaclam (Azacualpa), que ya había sido abandonado por los indios.
De allí marcharon a Atehuan (Ateos), lugar a donde llegaron mensajeros de los señores de Cuscatlán, la capital pipil, ofreciéndose como vasallos del rey español. Sin embargo, cuando los españoles llegaron a la capital, la mayor parte de los habitantes la había abandonado. Alvarado se imaginó que, mientras su ejército preparaba el campamento, los indios que habían permanecido también huirían a los cerros. Como solía hacerlo el mañoso conquistador, omitió ciertos detalles en la descripción de los hechos que hizo a Cortés, los que tal vez explicarían la curiosa reacción de los cuzcatlecos. Según los resultados de una residencia, hecha a Alvarado, sobre su comportamiento durante la conquista, los caciques indígenas salieron a recibirlo en la entrada del pueblo, donde colocaron cantidades de comida.

1.4.    BATALLA DE ESCUINTLA, LIENZO DE TLAXCALA
    1.5.   BATALLA DE TECPAN-IZALCO, LIENZO DE TLAXCALA

Después de estar có­modamente alojados en Cuscatlán, Alvarado mandó a sus soldados que apresaran a tantos indios como fuera posible, incluyendo a los señores, y los herraron a todos como esclavos.
Durante estas primeras irrupciones, Alvarado no encontró nada que se aproximara a las grandes cantidades de oro robadas a los aztecas, o a lo llevado por Gil González y Hernández de Córdoba de Nicaragua. Esta frustración, y la feroz resistencia indígena, hicieron que Alvarado adoptara una actitud aún más cruel, durante la conquista de Cusca­tlán. Cuando regresó a la capital cakchiquel, hacia finales de julio de 1524, seguramente mantuvo el mismo comportamiento brutal, con los nativos que le habían ayudado en la conquista del occidente de El Salvador. El resultado fue la rebelión de los cakchiqueles.
La historia de la conquista española de El Salvador, especialmente la del distrito al este del río Lempa, está aún por hacerse. Alvarado regresó a El Salvador en 1525 con otro ejército y fundó el primer asen­tamiento permanente español, la ciudad de San Salvador. La parte occidental fue gradualmente pacificada, aunque no se venció la última resistencia armada, en la región alrededor de Jicalapa, en el altiplano de la costa del Pacífico, sino hasta 1533.
Después de una incursión de soldados españoles desde Honduras, en 1529 un ejército español penetró al oriente del río Lempa, tras una rebelión de los indígenas del lugar. Un buen indicador de la debilidad española, en la región oriental salvadoreña, es que no se fundó el asen­tamiento de San Miguel de la Frontera sino hasta el 1530. Como lo indica su nombre, la región oriental salvadoreña se caracterizó como una zona fronteriza en dos sentidos: 1) se encontraba en un área de disputa entre conquistadores procedentes de México y Panamá y; 2) debido a este status, el control económico-político no estaba bien defi­nido, dejando a la población indígena con cierta libertad, pero también incertidumbre, presa de distintos intereses. La fundación de San Mi­guel se efectuó precisamente por fuerzas procedentes de Guatemala, después de haber expulsado a los españoles de Nicaragua, «con el fin de evitar que se repitieran las pretensiones de Pedrarias».

La conquista tardía de Costa Rica
 El territorio costarricense no fue conquistado hasta casi medio siglo después. Entre el inicio de la conquista del istmo —a principios de la década de 1520— y la de Costa Rica habían ocurrido cambios políticos muy importantes, como la promulgación de las Leyes Nuevas para la protección de los indios (1542) y el establecimiento del control real administrativo con la creación de la Audiencia de Los Confines. Los motivos para la conquista de Costa Rica y sus consecuencias fueron los mismos expuestos, varias décadas atrás, para el resto de Centroamérica. Las dificultades que presentaba la conquista de Costa Rica, espe­cialmente la región atlántica, y la falta de interés de las autoridades españolas, ocupadas en la explotación de los recursos de otras zonas (oro y esclavos en Nicaragua y Honduras y cacao en Soconusco, Gua­temala y El Salvador), tuvo corno resultado que nadie se preocupara lo suficiente por ocupar tal territorio, sino hasta la década de 1560.
La disminución de los recursos humanos y naturales en Nicaragua, y el temor de que la Audiencia de Panamá se ensanchara hacia terri­torio costarricense, así como la elevación del corregimiento de Nicoya a Alcaldía Mayor, fueron las condiciones que se presentaron para llevar a cabo la Conquista. En 1560 fue nombrado Juan de Cavallón como gobernador de Nicaragua y alcalde mayor de Nicoya, con la concesión de derechos para conquistar el territorio vecino de Costa Rica.
La conquista de Costa Rica fue concebida como un ataque en dos direcciones: una dirigida hacia la costa atlántica con la idea de esta­blecer «una cadena de ciudades ofensivas-defensivas, de costa a costa», y la otra partió de Nicoya hacia la zona del Pacífico, la que más tarde sería el centro de Costa Rica. La campaña de la vertiente del Atlántico, a cargo de Estrada Ravago fracasó, mientras que la del Pacífico, bajo el mando de Cavallón, tuvo un éxito limitado.
Es interesante notar la diferencia entre los miembros del ejército de Juan de Cavallón y los de la primera década de la Conquista. En lugar de españoles peninsulares, los soldados de Cavallón eran en su mayoría españoles nacidos en Nicaragua, mestizos, indios nicaragüen­ses que servían como auxiliares y algunos esclavos negros. Aunque la composición del ejército refleja los cambios socioeconómicos del pri­mer medio siglo de ocupación española, la mayor parte de las estrate­gias de conquista, utilizadas anteriormente, permanecían vigentes. Al entrar por el oeste al Valle Central, los españoles fundaron el primer asentamiento con el nombre de «Castillo de Garcimuñoz», ya que Ca­vallón lo concibió como un sitio defensivo, por si eran atacados. Como en el caso de otros centros urbanos, hicieron un plano, repartieron so­lares y escogieron a los miembros del cabildo. Más que centro urbano civil, Garcimuñoz, sirvió como punto de partida, para entradas de con­quista y expediciones en busca de alimentos y mano de obra.
A pesar de la superioridad militar de los españoles, resultó difícil vencer la feroz resistencia de los indios de Costa Rica. A principios de la década de 1560, Cavallón tuvo encarcelados a dos caciques en Gar­cimuñoz y, a cambio de su bienestar, exigió la entrega de maíz y mano de obra para los vecinos-soldados. Pero, cuando los prisioneros logra­ron escapar, el asentamiento sufrió carencia de comestibles y brazos, extendiéndose la revuelta indígena por toda la región. En ese momento crítico, Cavallón «fue salvado de su estrecha situación», cuando la Audiencia de Guatemala lo nombró fiscal, y fue relevado de su cargo por Estrada Ravago, encargado anteriormente de la conquista de la vertiente atlántica, quien tuvo el dudoso honor de tomar el mando. Cavallón apenas salió con vida de Costa Rica, ya que enfrentó una emboscada indígena en la ruta al puerto de Landecho, a la orilla orien­tal del Golfo de Nicoya.
¿Cómo es que una población relativamente reducida, alrededor de 70.000 en 1569, pudo resistir a las fuerzas españolas, cuando el resto de la vertiente del Pacífico centroamericano se encontraba conquistada y pacificada por lo menos desde hacía dos décadas atrás? Una razón importante fue que los españoles no encontraron oro en la zona del Caribe ni en el interior de Costa Rica y, cuando lo encontraron, no tuvieron capacidad para movilizar la mano de obra indígena para ex­traerlo. También Cavallón, a pesar de la fuerte resistencia indígena, no tuvo autorización para llevar a cabo una conquista al estilo de Pedro de Al varado, es decir, «a sangre y fuego», ni para repartir indios en encomienda entre los soldados de su expedición. La ausencia de «estí­mulos» que habían existido para conquistar otras regiones centroame­ricanas, en las décadas anteriores a la promulgación de las Leyes Nuevas, más las dificultades para encontrar y explotar yacimientos auríferos, constituyeron obstáculos que, añadidos a la valiente resistencia de la población indígena, prolongaron la conquista de Costa Rica.
Esta situación sólo comenzó a cambiar con el nombramiento de Juan Vázquez de Coronado, para la alcaldía mayor de Nueva Cartago y Costa Rica, en abril de 1562, cargo que asume a finales del mismo año. Con una fuerza combinada, apoyada por refuerzos militares, Váz­quez de Coronado logró que le visitaran varios caciques en Garcimuñoz, donde les dio de comer y les hizo regalos de ropa, tijeras, etc. Pudo así informar al Rey, a principios de 1563, que algunas provincias ha­bían sido ya pacificadas. Pero el deseo del nuevo alcalde mayor era conquistar el área del Caribe y encontrar minas de oro, si no podía repartir a los indios en encomienda. Los españoles emplearon el siste­ma de trueque para conseguir productos que cubrieran ciertas nece­sidades, pero la mayor parte de los alimentos fue comprada en las distantes regiones de Nicoya y Nicaragua. Con la ayuda de nuevos sol­dados, alimentos, armas y municiones, Vázquez de Coronado logró en­viar expediciones hacia el sur, donde hallaron indios con oro; mientras tanto pacificó la parte oriental del Valle Central y trasladó la población de Garcimuñoz a un lugar más favorable, fundando el asentamiento que denominó Cartago. En otra expedición de 1563, encontraron «mues­tras de finísimo oro» en los ríos del valle del Duy (Talamanca) y en otras partes de la vertiente del Atlántico. Seguidamente, el conquista­dor fundó un «registro de minas» y repartió varios yacimientos ricos en oro entre sus soldados.
Como los indígenas continuaban hostiles, en estado de rebelión per­manente, y los españoles eran incapaces de alimentarse sin su ayuda, debido a la restricción de repartir indios en encomienda, no sólo no pudieron extraer oro, sino que sufrieron hambre y pensaron en aban­donar la tierra. Al igual que otros conquistadores de la década de 1520, Vázquez de Coronado viajó a España, donde consiguió apoyo económi­co, soldados y el título de Adelantado de Costa Rica. Pero con una diferencia importante: que al nuevo adelantado la Corona le prohibió el repartimiento de indios en encomiendas particulares. Sin embargo, todos los planes se vinieron abajo cuando en octubre de 1563, después de hacerse a la mar en una flota procedente de Sanlúcar de Barrameda, ésta naufragó y Vázquez de Coronado perdió la vida durante la tor­menta. La ocupación española de Costa Rica fue débil durante los si­guientes tres años, y se vio especialmente amenazada, en 1568, por una sublevación coordinada de los indígenas, con el fin de exterminar a los invasores.
En marzo de 1568 llegó un nuevo gobernador, Perafán de Ribera, con aproximadamente cuarenta soldados y, lo que es más importante, con los mismos poderes que obtuviera su predecesor por parte de la Corona. A diferencia de Vásquez de Coronado, Perafán, una vez llegado a Cartago, no rehusó emplear la violencia para conquistar a los indios rebeldes. A semejanza de Pedro de Alvarado, tuvo como lugartenientes no a sus hermanos, pero sí a dos hijos suyos. También como Alvarado, Perafán era ambicioso y deseaba el enriquecimiento rápido. Pero entre los dos conquistadores había también diferencias: Perafán era hombre de mayor edad y había perdido sus bienes en un ataque de corsarios en Trujillo, Honduras, siendo nombrado gobernador de este territorio en compensación. Aunque no tenía autorización para repartir indios, lo hizo a principios de 1569, cuando, bajo presión continua para que concediera encomiendas, le pareció imprescindible acceder para la so­brevivencia de la colonia. Ésta sí subsistió, pero no gracias a la pre­sencia de Perafán, quien salió en una expedición en busca de oro hacia la región del Caribe sur, que terminó, en 1572, en un fracaso total, tras una serie de emboscadas, muertes y otros desastres.
Finalmente, la pacificación del Valle Central de Costa Rica se efec­tuó a inicios de 1573 con la llegada de un gobernador interino, Alonso Anguciana de Gamboa. Este, como sus predecesores, venía ansioso por encontrar oro, pero también con suficiente visión para establecer los principios de una base agrícola. Como lo indica Solórzano, de igual importancia fue el hecho de que «las poblaciones indígenas se han de­bilitado como consecuencia de más de doce años de constantes guerras de resistencia», lo que facilitó reducir a los indios sobrevivientes en el área central para el beneficio de los vecinos-conquistadores españoles.
Costa Rica fue la última provincia conquistada en Centroamérica y, en algunos sentidos, la menos satisfactoria y más frustrante para los españoles y criollos. También fue la más trágica para la población in­dígena, que luchó a intervalos, durante más de medio siglo, antes de ser dominada y casi destruida, al grado de ya no poder recuperarse posteriormente